La nueva pedagogía del dibujo

Desde el principio de nuestra historia, el hombre ha dibujado. Y es que el dibujo es una capacidad innata en el ser humano, una forma natural de expresión y una herramienta fundamental para comprender el mundo que nos rodea.

Conocemos bien las pinturas figurativas en cuevas paleolíticas, como las de Altamira, en Cantabria, que nos sorprenden por la precisión técnica y realismo en la ejecución. Sin embargo, son mucho más numerosas las representaciones de carácter esquemático realizadas por el hombre en abrigos de roca: sencillos dibujos de figuras y objetos que reflejan situaciones de su vida cotidiana, gracias a los cuales hemos podido conocer infinidad de datos de nuestro pasado.

El dibujo ha ayudado a reflexionar a los grandes inventores y creadores de la historia. Pensemos en el diseño de una patente, las instrucciones de montaje de un mueble o la explicación de un proceso de trabajo mediante gráficos y diagramas. Más allá de la representación artística y la búsqueda de la belleza, podemos dibujar para visualizar una idea o un proyecto.

En la escuela, tradicionalmente, hemos explorado el dibujo como modo de expresión recorriendo el mundo de los colores, las formas, las técnicas, los materiales o la historia desde el punto de vista artístico. Esto nos ha llevado a situar la funcionalidad del dibujo en dos áreas muy concretas: la del arte (por su evidente capacidad expresiva) y su aplicabilidad técnica en el campo de la ingeniería, arquitectura o diseño.

Sin embargo, desde hace algún tiempo, hay nuevas metodologías que aprovechan los beneficios del dibujo para favorecer el aprendizaje utilizándolo como herramienta de una forma global. Estas metodologías se denominan “pensamiento visual” o “visual thinking”.

Para ampliar las posibilidades pedagógicas del dibujo, es preciso disociarlo, en cierta medida, del aprendizaje meramente artístico. Podemos aprovechar todas las fortalezas que aporta el dibujo de proceso, por encima del resultado final obtenido. Para ello, necesitamos romper con las barreras que nos hacen pensar “yo no sé dibujar”. Se trata de encontrar nuestro propio estilo de dibujo utilizando formas geométricas básicas, sin preocuparse del resultado estético.

Cuando los niños empiezan a dibujar, lo hacen desde la experiencia cercana del mundo que los rodea. Si le damos una hoja en blanco y una cera de color a un niño pequeño, lo primero que hará será un garabato en el centro del papel. Ese garabato expresa su presencia, ocupando un espacio entre los cuatro márgenes de la hoja. Normalmente, comenzará con repeticiones de formas irregulares o bien trazos de un extremo a otro. Estos trazos son recorridos, experimentación con la textura y con el color, son una manera de decir “yo estoy aquí y esta es mi huella”.

Los siguientes pasos tienen que ver con sus intereses más cercanos: representaciones de su casa, el parque, su perro o cualquier vivencia con los abuelos. Empezará a plasmar figuras de un modo esquemático y, aunque a veces se valo- ren por los adultos, erróneamente, como dibujos carentes de técnica o precisión son auténticos ejercicios de síntesis y narrativa muy sofisticados. Son bocetos de pensamiento cargados de una riqueza reflexiva necesaria para el crecimiento y desarrollo de sus habilidades sociales. A través de sus dibujos, el niño puede expresar emociones y sentimientos.

Dibujando aprendemos a mirar el mundo. Cuando dibujamos, realizamos una serie de movimientos coordinados que involucran al ojo, al cerebro y a la mano. Observamos la figura que queremos plasmar y, mientras vamos trazando las líneas para representarla, aprendemos desde la experiencia, de forma casi inconsciente. Nuestra cabeza va más deprisa que la mano al dibujar, por lo que se generan espacios de síntesis, análisis y reflexión. En un mundo saturado de estímulos visuales, necesitamos enriquecer nuestro criterio para elegir y decidir con sentido. La capacidad de detener la mirada en los detalles que nos proporciona el dibujo se revela entonces como un entrenamiento para la reflexión.

El pensamiento visual ha desembarcado en el ámbito educativo como una herramienta flexible que se adapta a todas las edades y materias. Favorece nuevas formas de aprender y de trabajar de un modo colaborativo para atender a la diversidad que encontramos hoy en las aulas: diferentes realidades culturales y distintas necesidades metodológicas, como en los casos de dificultades de aprendizaje.

El dibujo aclara los conceptos y ayuda a ordenar los contenidos, facilitando su comprensión y retentiva. Además, el dibujo puede generar un efecto hipnótico que repercute directamente en la atención del alumno. Cuando vemos a alguien dibujar, nuestro cerebro pretende completar cada imagen adelantando el siguiente trazo. Así, un profesor que dibuja en la pizarra mientras explica puede aprovechar esta particularidad como si fuese un imán que atrae la mirada de sus alumnos.

El valor pedagógico del dibujo actualmente va más allá de su aplicación técnica o artística, supone un valor en sí mismo que enriquece la experiencia de aprendizaje y favorece la adquisición de habilidades y competencias necesarias para el futuro de nuestros alumnos.

(Extracto artículo Revista Religión y Escuela nº 331-331. Junio – Julio 2019)

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